Los domingos ya no son lo mismo.

Pongo la taza de té en la mesita de noche, voy… me lavo la cara y los dientes, me meto en la cama y deslizo los pies a lo largo y ancho de la sábana fría. ¡Ahh qué delicia! Casi todos los días me acuesto bien cansada y hago de ese instante de llegar a la cama un rato muy mío. “¡Se fué otro día!” Pienso casi siempre y como plegaria que me sale del corazón suelto un “¡Gracias!” Pero no logro armar una frase completa que pueda ser válida como oración, es más que todo un enorme sentimiento de felicidad acompañado de una pequeña nostalgia por el tiempo que pasa y no volverá.

La vida va rápido y creo que ha tomado velocidad con los años. Me he vuelto muy consciente tal vez de ese hecho tan cierto de que la vida es un soplo. Y entonces cada vez que puedo me detengo, ya no solo en la noche para dar gracias, sino en pequeños espacios del día que me ayuden a rendirlo un poquito más.

Hace una semana murió Abelardo. Hoy tengo aquí muy cerca aún la tristeza. Para quienes me han leído antes, sabrán de Aberlardo y mis hermosas mañanas de domingo escuchándolo cantar. Hoy es el segundo domingo que eso ya no sucede y lo extraño profundamente. Con las misma ilusión por el descanso con que me meto entre las cobijas al final del día, con ese mismo regocijo en el alma al levantarme, le quitaba la sábana que tapaba su jaula durante la noche. ¡Buenos días pajarito! Lo saludaba y me respondía de un salto. Un salto que nos significaba a ambos el comienzo de un nuevo día.

Yo no sé que tienen los pájaros que se hacen notar tanto por la mañana. Abelardo con su encantadora energía era el mejor símbolo de un “buenos días”; Confieso que me quejé algunas veces de retrasarme en las carreras de la mañana por llenar su bebedero de agua, el comedero de alpiste… Ahora me atrasaría con gusto porque de verdad que me hace falta. Se agitaba con tanta emoción que me dejaba impregnado el entusiasmo que viene implícito en el simple hecho de amanecer.

La muerte de las mascotas es dolorosa, pero qué bendiciones tan grande son en nuestras vidas. Yo no puedo imaginar mi vida sin ellos, sin ese montón de ratos en que me obligan a detenerme para hacerles cariño, para darles agua o juntar las cacas en el patio. Cada una de las obligaciones que me exige el cuido de mis perros y de mi difunto Aberlardo se convierte en esas pausas sagradas en que realizo que la vida no se trata sólo de mi. En que me hago consciente de otras vidas más pasivas, más lentas y no menos valiosas.

A Aberlardo le faltarían muchos años de vida, podría estar aquí conmigo hoy domingo, si no habría sido porque hay cosas que pasan sin explicación. Pero ya no está y yo sinceramente más que hacerme preguntas de esas que no tienen respuestas, prefiero pensar en hechos concretos. Como que un pájaro y yo nos levantamos y acostamos por la pura y mágica voluntad de Dios. Que no importa cuánto haga o deje de hacer, el día se termina… así sin más. Sin tiempos extras sale la luna y se va el sol.

El canario que llegó a nuestras vidas como el regalo de bodas de mi hermana, nos enseñó que la vida no espera y que el entusiasmo al despertar será eternamente el mejor de los amaneceres.

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